Este año pasado 2016, hicimos treinta años cantando juntos. Antes ya lo habíamos hecho en diferentes Coros, en algunos coincidimos. treinta años ensayando, discutiendo y más frecuentemente dialogando siempre alrededor de unas tapas y un mínimo de alcohol. Los primeros sábados de mes, cantamos la Salve Regina que en una ocasión adornó Monserrat Caballè y Carlos Núñez que es un buen gaiteiro y flautista, de ella no se qué decir.

En la actualidad y después de venturas y desventuras, quedamos hechos un coro de muy poquitos, tres o cuatro docentes (uno hipocondríaco), una madre de dos niñas llamadas Lourdes y Guadalupe , un empleado afiliado a un partido socialista que ya se fue, un topógrafo, un matemático, una futura concertista de piano y un jubilado que es el abajo firmante.

Nuestra “especialidad” dicen que es el Códice Calixtino y el Canto Gregoriano que lo ponemos en práctica en conciertos y cuando nos lo piden el cuerpo y los posibles oyentes.

Los primeros sábados de cada mes, si la época litúrgica nos lo permite, cantamos en la Misa de las 7,30 horas en la Capilla de la Virgen Peregrina. Algún “afiliado” deja correr alguna lágrima con la Salve Regina con que nos despedimos. Nos preguntan por la calle ¿Cuándo volvéis a cantar?, nos dicen… ¡que bonito os salió! Otros dicen que casi siempre cantamos lo mismo, y yo les digo, que lo mismo es muy bonito y ya tiene varios siglos, como para cambiar ahora.

Dicho de dónde venimos, lo que fuimos y lo que somos, quisiera describir un lugar al que acudíamos para nuestras grabaciones. En ese paraje hay un pequeño Monasterio que se llama Santa Cristina de Ribas de Sil . A el llega una carretera vertical que allí acaba, porque después de curvas y más curvas, nos frena el encañonado río, que hace de límite entre Lugo y Orense. Todos los Monasterios se emplazan en lugares preeminentes y Santa Cristina no es menos, a dos kilómetros de todo, a dos kilómetros de donde viven Antonio y Manuel, nuestros claveros, los guardianes de las llaves que a imprudentes horas nos acercan alguna botellas de tinto de la Rivera Sacra del que allí se cosecha en interminables bancadas que más bien parecen miradores. Con ellos intercambiamos lotería en Navidad, nunca nos tocó. Cuando llegan con las vituallas, hacemos un paréntesis y aprovechamos para administrarnos un pequeño refrigerio y después…, nos dan las diez y las once, las doce, la una y las dos y las tres.

En Santa Cristina. No hay luz eléctrica, nos valemos de un grupo electrógeno para nuestras grabaciones y no faltan velas. De su sonoridad, en el silencio de sus noches y madrugadas quedamos prendidas y prendidos y por ello fuimos y volvimos y volveremos, ¡Dios mediante!.

Los días de lluvia no se puede grabar, se oyen las gotas golpeando las hojas. Si hay viento ya es imposible, se oye el rumor de los árboles - que din os rumorosos - y si pasan ambas cosas, mejor ponerse a buen recaudo.

Terminada tan grata estancia, es menester volver a casa, que es un pueblo de gran calidad de vida, trabajo el justo y descanso el requerido en cada momento. Y yendo y viniendo días, transcurre plácidamente la vida en esta pequeña ciudad en obras que Torrente Ballester en sus “Los gozos y las sombras”, la llamaba Pueblanueva del Conde y que no sale en el mapa del tiempo ofrecido por Tele 5 . Otro paraíso perdido.

Podríamos volver a Santa Cristina pues tenemos proyectos pendientes y avanzados. Andamos enredados en un proyecto que llamamos “Lux Aeterna”. Se trata de un Oficio y Misa de difuntos que aunque se presenta como una obra anónima, tradicionalmente se atribuyen a Francisco de Logroño, maestro de capilla de la Catedral de Santiago entre los años 1536 a 1570. Esta maravillosa obra constituye un conjunto musical unitario de gran valor, contenido en los Cantorales de polifonía V y VI, y albergada en el archivo Catedralicio santiagués donde fue recopilada en el Siglo XVI y transcripta por el profesor López Calo, Nuestra intención es grabarla en su totalidad y a poder ser, acompañados de Sacabuche, Viola de gamba, Cornetos, Fidula, Organistrum y un experto campanillero. Buenas y carísimas intenciones imposibles de alcanzar sin ilusión y algo de dinero.