Cada veintiocho de Diciembre, recuerdo agitado lo ocurrido en el año 1999, vísperas del cambio de siglo y milenio. Agoreros, funestos, aciagos y algún que otro optimista, vivían su mágico momento. Enorme expectación. Efecto 2000, ¡Apocalipsis!, De todo había.

Cinco años después de esa inquietante fecha, cuando ya han prescrito tantas cosas, me dispongo a relatar lo acontecido aquel día, aquel día que transcurría plácidamente y normalidad absoluta, nada fuera de su sitio, un día plano. Aquello sucedió así: Tres de la tarde, fin de mi jornada laboral, comprar el pan, aparcar el coche, abrir el buzón del correo, actos reflejos cotidianos. El buzón siempre repleto de correspondencia bancaria, de ofertas irrechazables, de cursos de Inglés, promociones del súper, adelgazante concluyentes. Realmente el buzón se abre para vaciarlo, el papel no está de moda, está caducando. Las noticias y ofertas de algo o alguien ya viajan por otros medios como el éter que es bastante espacioso y da para todos. Desconocer y rechazar la “Red” va quedando para unos cuantos esnobistas que desdeñan la enorme utilidad de   la técnica y sus instrumentos.

Entre tanto superfluo papel, algo discordante llamó mi atención. Un sobre color blanco roto, de aspecto húmedo, mi dirección y nombre manuscrito en el anverso y ausencia de remitente en el reverso. Lo abro evitando mayores destrozos y en su interior, la fotocopia de una antigua escritura notarial con letra  perfectamente dibujada, trazo ancho y seguro - se utilizó una Montblanc-pensaba. En la cabecera, arriba y al centro, majestuosamente impreso, un primoroso escudo y con letras góticas la leyenda...  “ Sello quarto, diez maravedis, año de mil seiscientos setenta y uno“.  En el cuerpo del documento rebosando antigüedad, se exponía con contundencia lo siguiente: “Sepan cuantos esta carta de testamento y postrimera voluntad vieren como yo Don Cristóbal Sánchez  enfermo en cama de enfermedad  que Dios predispuso para mi…….”.Al final Don Cristóbal, declaraba que dejaba como heredero universal de su vínculo y mayorazgo a su hijo legitimo llamado como él.

El testamento describía entre otras pequeñas propiedades, la finca llamada de Santo Domingo por encontrarse pegada  al monasterio extramuros de la villa. La finca de Santo Domingo tenía como linderos desde la puerta de la entrada de la villa (hoy Ayuntamiento)  hasta el río que se llama de los Gafos por el vendaval y desde la Rúa que dicen Rúa Alta hasta el muro de cierre del citado Monasterio. En resumen la propiedad de Don Cristóbal abarcaba la actual Alameda, la avenida de Reina Victoria y la mitad de las Palmeras.

Al final del documento, con letra impresa por una  máquina de escribir….  <<Todo es tuyo>>. Sorpresa absoluta, estupor, asombro, pasmo…

Archivos, partidas de bautismo, de nacimiento, cuatro años de investigaciones y mil papeles leídos, después de todo esto, Don Cristóbal Sánchez resultó ser mi decimotercero abuelo. Descubrí que no solo era su descendiente sino también su heredero y por tanto, dueño de la finca de Santo Domingo pues no se había donado, vendido ni traspasado y el Ayuntamiento no podía adquirir la propiedad por usucapión al ser de carácter público ni haber sido objeto de utilización continuada. ¡Todo es mío! –exclamé alborozado.  

Por vía de urgencia, presenté a través del Registro general de entrada del Ayuntamiento, un escrito reivindicativo de mi propiedad adjuntando infinita documentación que recibió un malévolo funcionario, que incrédulo no  cesaba de pasar y repasar hojas del expediente, lacónicamente y asomando una perversa sonrisa me dijo “Señor, tendrá una pronta respuesta”. Ni un mes esperé. Con el membrete del Ayuntamiento recibo un sobre que desgarro y tomo el comunicado que contiene, lo leo con ansiedad una, dos, hasta incontables veces,  ¡se me reconocía la propiedad de la Finca ! .Sigo leyendo tembloroso y en el siguiente párrafo, se me informa que está sujeta a lo expuesto en el plan general de ordenación urbana donde la finca descrita se declara como zona verde y por lo tanto no edificable. En hoja aparte, grapada por su extremo superior izquierdo al oficio original, en negrilla (que ya es mala leche), me comunicaban la existencia de la deuda pendiente que tengo con el Ayuntamiento que arranca desde la implantación de los impuestos del I.B.I., recollida do Lixo (basura), Aguas y otros varios cuyo montante asciende a dos millones de Euros a lo que hay que sumar,  el 20% de recargo por estar fuera de plazo y el 4% sobre el total como intereses de demora. La cosa se ponía en casi tres millones de Euros.

Decidí de inmediato donar mi propiedad al Ayuntamiento. Así lo hice; Me recibió el Alcalde obsequiándome un fuerte abrazo, me dio las gracias más efusivas por mi buena y cívica acción. Se lamentó sinceramente de no poder condonar la deuda pendiente u me prometió  a cambio, erigir en mi honor, un pequeño monolito en la mismísima entrada de la Alameda con una placa en bronce avejentado, que diseñaría personalmente César Portela.

Abatido por tal vorágine, llegué a mi casa, abrí desazonadamente el buzón y me encontré con un sobre de Hacienda reclamándome el pago de Derechos de sucesión, Derechos reales y la inmediata exigencia de puesta al día de mi declaración de la Renta y Patrimonio.

Nunca supe del remitente, si era un amigo o enemigo. La avaricia rompió el saco y ahora toca desaparecer.

 

 

                            En Buenos Aires a, __/ __/ ____/