Ella salio de la televisión para sentarse a mi lado y yo me desvanecí. Anne me dijo que la primera vez estuve inconsciente veinticinco minutos y en la recaída solamente diez.
Hacía un mes que había recibido el casco interactivo telepático modelo VX-MAX direccional que incorporaba un transpondedor de tercera generación acoplado a unos cascos con una velocidad de respuesta de tres súper mega gigas de velocidad lineal a tres mil hertzios.
Semejante aparato, tenía la capacidad de trasladar en tiempo real a cualquier persona (sin superfluos ropajes y en ayunas por supuesto), si telepáticamente ambas partes lo convenían de buen grado. La conexión exigía un alto poder de concentración y era habitual que sobreviniesen episodios de agotamiento con resultados inoportunos especialmente por la parte masculina.
El VX-MAX sustituía a los anticuados y fascinantes sistemas holográficos que resultaban tan extremadamente caros por su sistema de facturación, salían como una llamada a un teléfono 902. Admitían la revisión de imágenes desde todos los ángulos, a vista de pájaro, por detrás, por delante, desde abajo y de perfil. Te permitía valorar el contorno virtual calmosamente. Si la perspectiva era de tú agrado, concertabas sin mayores obligaciones, una encuentro virtual mediante la emisión/recepción de rayos catódicos. Este sistema de comunicación era el sustituto natural del arcaico y desusado e-mail.
A los tímidos y no demasiado apuestos (mi caso), nos cuesta más arrancar con este novedoso sistema. Yo suponía que no corría mayor peligro pues era sumamente irreal y exigente demandando calidad y elegancia supremas y por ello suponía que la correspondencia a mis requerimientos básicos era nula. De ahí sobrevino mi desmayo, lo motivó Anne Igartiburu que físicamente colmaba todas mis aspiraciones. Yo con esta pinta y ella con esos ojos, con esa boca, con esa figura, con todo eso.
Anne era como una rosa púrpura de El Cairo, tenía una mirada difuminada, como si viese la vida a través de un cristal tintado en un azul muy suave y vaporoso, su aspecto somnoliento irradiaba una fragilidad tratable solamente con delicadeza. Su madre también se llamaba Anne y ambas madre e hija, eran como dos gotas de agua salvando la distancia de los años pasados. Papa decía que presentaba allá por los años cuatro o cinco, un programa en la televisión titulado “Mira quien baila”. Acerca de su mirada, Papa me daba toda la razón, decía que cuando se reía se le rasgaban los ojos y entonces aquello era imposible.
La belleza confiere seguridad y eso facilitó mucho la situación, Anne comprobando mi precaria estampa, abrió su bolso, extrajo un sobre de crema de espárragos de preparación instantánea y se fue hacia la cocina a preparar la pócima que tomamos caliente y con unos picatostes. El remedio fue espectacular, tomada la sopa cambiamos radicalmente de escena, un antes y un después que no contaré a mi pesar por su extrema intimidad, todo queda entre Ella y yo
Le pregunté si podíamos vernos en otra ocasión, me dijo que si pero telepáticamente, sin engaños